La historia nos habla de tres focos de antisemitismo que cambiaron el mundo: la España de 1492, la Alemania nazi y, hasta cierto punto, la Unión Soviética. En cada caso, el antisemitismo alcanzó su grado extremo, que no consentía la presencia de los judíos, o de ni un solo judío, o de ni un solo judío vivo, en el territorio nacional.
En los tres casos, la presencia de los judíos en el respectivo territorio nacional tenía algo en común: los judíos habían creado su propia lengua. El sefardí en España, el yiddish en Alemania y en caso de la URSS, adaptaron el yiddish a la escritura cirílica. Recuerdo cómo de pequeña, cuando apenas había empezado a aprender alemán, me extrañaba ver en los kioskos callejeros revistas que parecían escritas en alemán con alfabeto cirílico. Y para completar la similitud entre la supresión de la raza judía en España, Alemania y la URSS, la autorización largamente deseada para abandonar el país que las autoridades soviéticas concedieron a los judíos en víspera de los Juegos Olímpicos de Moscú cambió el aspecto de muchas ciudades: de repente, el paisaje urbano se volvió gris y lento.
Por ejemplo, si antes en Leningrado salir a la calle era divertido, por la cantidad de peatones que era interesante simplemente de ver al pasar (en aquel entonces apenas había coches particulares), algunos por la expresión de su cara, otros por las miradas que te devolvían, unos más por la extravagancia o elegancia de su vestimenta, y siempre porque los retazos de la conversación que te llegaban eran consonantes con lo que oías en las aulas de tu universidad o, más tarde, en la cafetería de profesores de tu facultad. Tras la expulsión de los judíos soviética las calles se llenaron de aldeanos metidos a funcionarios, alelados por cambio de su ambiente vital, aturdidos entre tantos monumentos, palacios y despistados por el extraño acento de los nativos de Leningrado, acuñado por los cortesanos alemanes, franceses e italianos de la extinta Rusia Imperial. (¿Recuerdan que Rusia nunca tuvo un zar ruso?)
Hay que precisar que el cambio del paisaje urbano se debió también a que la venia preolímpica nos permitió marcharse también a algunos que no éramos ni judíos, ni teníamos familiares en Israel. Pero se trataba de gente con estudios, y es lo que se dejó notar en las calles.
Tanto en la España de 1492 como en la Alemania nazi o en la Unión Soviética, el antisemitismo que llevó a la supresión, por llamarlo de algún modo, de los ciudadanos de origen judío, no estaba respaldado por la totalidad de la población. Siempre hubo una minoría que simpatizaba con los judíos. En caso de la URSS, que es el que mejor conozco, el antisemitismo era propio de la gente sin estudios y, sin que suene a tautología, de los afectos al régimen. Entre la gente con estudios legalizados o autodidactas proscritos del sistema de enseñanza era frecuente oír: Esto me lo ha dicho un judío, Esto me enseñó a hacerlo un judío, e incluso Es un plato judío. Lo que venía de los judíos tenía la garantía de buena información, sólida tradición e incluso de buen gusto. Eran los menos contaminados por la patanización soviética.
Significativamente, en algunas universidades, como la mía, de Leningrado, el acceso estaba vetado para los judíos. Poseer el diploma de la LGU, la Universidad Estatal de Leningrado, equivalía al certificado nazi de la pureza de sangre. En mi caso, me ayudó a conseguir los dos empleo envidiables que tuve antes de marcharme de aquel país.
Pues sí, el antisemitismo es un síntoma de la vocación del palurdismo. Pueden objetarme diciendo que en España a la expulsión de los judíos le siguió el Siglo de Oro. Cierto. Pero, ¿cuántos conversos se quedó en este país? A lo que parece, muchos, y en su mayoría procedentes de familias cultas. ¿Qué pasó en la Alemania nazi? El paisanaje se dejó rebañar, un poco de lavado de cerebro avivó su nostalgie de la boue, sus ansias de volver al catetismo primario. En la URSS el vivero de analfabetos llevaba funcionando setenta años.
En la era de Acuario, la de información audiovisual, o de lo audiovisual a secas, el palurdismo nos ataca por varios frentes, y en todos lleva el estandarte del antisemitismo. Los jóvenes se olvidan de la ortografía porque les es más útil el lenguaje de los SMS. Cuesta ser bilingüe y retener dos formas de escribir, como Bueno y Weno, que esta última tiene una letra menos y no hay que devanarse los sesos escogiendo entre la be y la uve.
Nos atacan los inmigrantes, que a menudo ni quieren ni les importa saber.
Nos atacan los iconos de la vida cotidiana. Para cruzar una calle, sólo hay que esperar a que se encienda la imagen de gente andando. Curiosamente, en EE.UU., que está a la cabeza de la producción literaria y científica, apenas hay iconos: en los pases de peatones se enciende la palabra Walk, en la entrada de los parkings todas las indicaciones tienen palabras.
Nos ataca la informática. Pregunte a cualquier programador, y le dirá que un programa sin errores ni colisiones esto no existe ni puede existir. Aprendemos a ser comprensivos con los caprichos de los ordenadores, a convivir con sus fallos y nos resignamos cuando otros fallos van impregnando nuestra vida diaria: otros aparatos que se estropean nada más traerlos de la tienda a casa, fármacos que no hacen efecto, médicos que no aciertan con el diagnóstico, arquitectos que colocan el aparcamiento en una pendiente adonde sólo se puede descender en helicóptero.
Por último, nos atacan los gobiernos. Los cateadores se hacen políticos y hacen de su capa un sayo. Viven sus sueños hechos realidad: se puede dar patadas al maestro, se puede no ir a clase y pasar de curso y encima se puede obtener una beca si lo de estudiar no te mola nada.
El hombre es un ser maleable, se adapta a todo. Si el medio ambiente le dice: ¡Sé analfabeto!, lo será. Cuando le manden ¡Echa a los judíos!, los echará. Cuando le ordenen, como dice el refrán: ¡Rebuzna y ponte rabo!, nos oirán en el Marte y los hombrecitos verdes formarán para atacar.
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