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Elena Panteleeva

 

 

 

La clínica cínica

 

novela

 

 

 

 

 

 

Mucha gente es otra gente…

Oscar Wilde. De profundis

 

 

 

1.

 

Mi primer paso hacia el éxito y la riqueza fue comprender que había sido afortunado en amores.

Siempre había tenido demasiada suerte con el amor.

A los treinta años de edad había conocido la llamada dicha amorosa en todas sus variedades, desde aquellas que un hombre podía razonablemente desear hasta las que apenas conseguía irracionalmente imaginar. Una década más tarde ya no me quedaba nada que desear o imaginar que pudiese competir con los recuerdos. Excepto, tal vez, ennoviarme con una supermodelo… Pero todas eran tan altas y huesudas que me cansaba verlas incluso por televisión.

Además, si una supermodelo parecía el colmo del delirio del macho moderno, dar con dos modelos dispuestas al idilio sería poco probable. Y soportarlas, no quería ni pensarlo. Sería agotador. Ni lo deseaba, ni lo imaginaba. Pero el caso era que tendrían que ser dos. Dos supermodelos a mi entera disposición y fatiga.

No, no se trataba de una perversión.

Simplemente, ocurría que las mujeres de mi vida, como la proverbial desgracia, nunca habían venido solas. Quizá, porque eran sus hijas. O hermanas. De la desgracia, quiero decir. O porque todo en la vida debe ser demasiado o demasiado poco. Y la partida de demasiado que me había tocado en suerte correspondía al capítulo de amores.

La de demasiado poco… de ésta hablaré a la vuelta de esta página, en todas las que sigan.

Pues sí, sigo recordándolas. A cada pareja de mis dobles idilios. En cada caso, una chica completaba a la otra. Digo bien, chica. Conocí lo mejor del amor a la mejor edad para conocerlo. Y nunca me sentí atraído por la perspectiva generacional, no tenía interés ni por las mujeres maduras, ni por las niñas...

¿No le resulta cansado leer una novela en el monitor? La mejor postura para leer un libro es tumbado en el sofá con los pies apoyados sobre una pila de cojines.

Será mejor que eche una ojeada a unos cuantos fragmentos...

 

 

 

 

Un movimiento brusco de Lolo me mandó una vaharada de olores. Y me di cuenta de una cosa más: a los olores de alcantarilla se les mezclaba otro, discreto e inconfundible. Lo reconocí porque lo tenía embotellado en mi cuarto de baño y de vez en cuando me lo ponía. Me levantaba la moral. Era Dior Pour Homme.

De repente, todo cambió una vez más. La mirada de Lolo se cruzó con la mía y, al instante, el pasmo etílico volvió a empañarla. Lolo me echó en la cara una bocanada de aire rancio, se volvió hacia el cuarteto corpulento y masculló:

¾ No tocó porque no lo teníais. Si ese pájaro no me lo hubiera guindado, ahora estaríamos repartiendo el gordo. O el segundo... como poco.

Y sin cambiar de postura, dándome las espaldas, me espetó:

¾ A ver… Camillero… A ver cómo canta el pájaro… Dinos, camillero bonito, ¿trabajas en el hospital?

¾¾ contesté.

¾ ¿Y qué haces allí?

¾ Soy médico ¾ dije.

¾ ¿Médico, eh?

Se inclinó hacia mí, envolviéndome en una oleada de olores ¾ sí, sí, no me había equivocado, usaba Dior pour homme¾ , y me susurró al oído una frase.

Luego apoyó la cabeza en las manos y se durmió. Al menos, soltó unos cuantos ronquidos.

Nadie me pidió curar una complicada enfermedad. Lolo roncaba suavemente. Tres de sus corpulentas amigas escuchaban con arrobo algo que la cuarta contaba en voz muy baja y con la cabeza hundida entre los hombros. Me levanté, pagué y salí.

Necesitaba comprender por qué Lolo me había susurrado aquellas palabras.

Y si lo que me dijo era verdad.

 

¾No se debe coger a los autostopistas ¾rezongó el gruñón.

¾¿Que se divierte? ¾protestó el hombrecillo¾. A mi cuñado le ha salvado la vida. Y a usted también, la suya. Para mí, que era un ángel.

¾¡Venga ya! ¾se indignó su vecino¾. ¡Que va a ser un ángel! Yo una vez dejé subir a un mochilero y me dejó el coche infestado de pulgas... Y a este señor ¾me señaló a mí¾ casi le mata de la impresión que le causó, él mismo lo ha dicho.

¾¿Le dio a su cuñado una dirección?

¾Sí, sí, así es. Cuando subió al coche, le dio la dirección, como en un taxi. Mi cuñado fue. Al día siguiente. Era la casa de su padre... del padre de la chica... Dijo... El padre dijo... que era el aniversario de su muerte. Que se había matado en el coche un año atrás.

¾¿En aquella curva?

¾En aquella curva, sí, señor.

¾Y que si no le creía, le llevaría a ver la tumba.

Se hizo un breve silencio. Luego habló la mujer. Hablaba en voz baja y con la cabeza agachada. Al principio creí que era para ocultar el mal aliento, pero su postura me resultaba familiar y finalmente me trajo un recuerdo: el colegio. Así hablaban en clase los cateadores reincidentes cuando la señorita les preguntaba la lección. Mi tono debió de haberle sonado a maestros, pizarras y libros de texto. Bien por los libros.

¾Eso no es nada ¾dijo en voz de susurro¾ al lado de lo de aquel ciego que conducía un Porsche a doscientos por hora...

¾No era un Porsche. Era un Ferrari ¾puntualizó uno de los dos hombres que hasta entonces habían permanecido callados.

¾Vaya. No sé qué tiene de extraño ¾refunfuñó el protestón huesudo¾. Si yo tuviera un Ferrari, lo cogería aunque fuese ciego, sordo y manco... ¡Y lo pondría a trescientos por hora!

¾Pocas bromas con los mancos ¾habló el otro hombre silencioso¾. Me contaba un guardia que una vez pararon una furgoneta que se había saltado un semáforo en rojo. El conductor era manco. Se había saltado el semáforo porque estaba hablando por el móvil. Y en la misma mano del móvil tenía una cerveza. En la única mano.

¾¿Y no pudo frenar? ¿Qué tendría en los pies?

¾No pudo frenar porque estaba borracho. Y porque estaba hablando por teléfono ¾aclaró el hombrecillo mesándose el flequillo y me miró como esperando mi aprobación.

 

¾Vale. Entonces, lo digo tal como lo has explicado. Me llamo Michelle, soy rica y vivo en una casa propia en el centro de Londres.

¾Y yo me llamo Bruce, soy millonario y tengo pisos en las principales capitales del mundo. Pero normalmente vivo en Bruselas… ¡Bruce, Bruselas!, ¿lo cogéis? ¡Bruce en Bruselas!

¾¡Oye! ¡Estamos casados! ¾protestó la chica.

¾¿Sí…? ¾dudó el marido¾. Pero… ¡somos ricos! ¡Tenemos que controlar las casas! No podemos vivir juntos porque cada uno debe vigilar las de su hemisferio. Tú deberías estar en la de las Bahamas. O en la Tierra de Fuego…

La chica iba a objetar algo, pero Alicia no le dejó.

¾Está bien. Ya que en este momento habéis coincidido en el hemisferio norte, decidme, ¿cómo lo vais a aprovechar? Por ejemplo, ¿qué planes tenéis para hoy?

¾¿Eh? Vale ¾habló la muchacha¾. Ahora nos vamos a nuestra casa de…

¾Berlín ¾sugirió su esposo.

¾Vale. De Nueva York. Somos ricos, así que no tenemos que hacer nada.

¾Eh, ¡espera! Somos ricos, así que podemos jugar al tenis todo el día.

¾No. El club de tenis queda lejos de casa. Mejor vamos al gimnasio.

¾¿Dónde queda lejos? ¿En qué casa? ¿En la de Berlín o de Nueva…? ¾incidió Alicia.

Pero los chicos no la escuchaban.

¾También está lejos, ¿no te acuerdas? El que teníamos al lado de la casa cerró la semana pasada.

¾Oye. Si somos ricos, ¿por qué no vamos al ayuntamiento y exigimos que vuelvan a abrirlo?

¾¿Estás loca? ¿Quién te hará caso? Mejor nos quedamos en casa y vemos la tele.

¾Vale. Si estuviéramos en verano, podríamos ir a la playa.

Alicia se impacientó:

¾Y… ¿en qué trabajáis?

¾¿Trabajar? ¿Por qué íbamos a trabajar? Somos ricos ¾contestaron los dos al unísono.

¾Pero ¿con qué os habéis hecho ricos?

Los dos se miraron.

¾¿Y qué más da? Somos ricos y ya está ¾dijo la chica.

¾Siempre lo hemos sido ¾corroboró el chico.

¾¿Y no hacéis nada para ser más ricos aún? ¿O para no gastarlo todo con ese tren de vida que lleváis?

¾¿Cómo?

¾¿Cómo dice?

Alicia no les dejó expresar la profundidad de su asombro.

¾Entonces, ¿qué hacéis todo el día?

¾Pues… no sé ¾se confundió el chico¾. Ahora que no podemos ir al gimnasio…

¾Ni a la playa ¾puntualizó la chica.

¾Eso… Pues nos quedamos en casa y vemos la televisión. Compramos palomitas, gatorade…

¾Oye. Yo no quiero engordar ¾se acordó la chica¾. ¿Por qué no salimos a correr? Como no tenemos curro…

¾¿Estás loca? ¾repitió el marido¾. ¿Dónde vas a correr en nuestro barrio? Como no te apetezca practicar el salto de las zanjas…

¾Perdonad la indiscreción ¾incidió Alicia¾. ¿Cuánto dinero tenéis?

¾¡Huy! ¡Millones! ¾se animó el chico¾. ¡A puntapala!

¾¡Tonto! ¾susurró la chica¾. Te lo pregunta para recordarte que podemos sobornar a los de las zanjas para que las tapen.

Sonrió a Alicia y soltó la palabra prohibida:

¾¿Verdad?