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Elena Panteleeva

 

 

Cómo dejé de ser inmortal

 

Anécdotas, recovecos y futurología

 

Viví los primeros treinta años de mi vida encima de una bomba. Delante de las ventanas de nuestro piso, debajo del asfalto, había una bomba sin explotar, que llevaba allí desde los años de la guerra. Todos lo sabían. Sin embargo, la calle fue empedrada, luego asfaltada sin que a nadie le preocupara el peligro. Extrañamente, un mes antes de que me iba a marchar del país, cuando ya habían transcurrido treinta y cuarto años desde el final de la guerra, decidieron sacarla. La bomba. Tal vez, pensaron que, a lo mejor, por fin explotaba y acababa conmigo. La sacaron. La bomba no explotó. Y aquí estoy.

La calle, por cierto, se llamaba calle de la Paz. Este nombre le fue impuesto en algún momento después de la revolución, cuando se desplegó la campaña de cambiar todos los nombres de connotaciones imperialistas por el simple procedimiento de invertir su significado. Así, la calle de los Millones, a la que da la fachada sur del Ermitage, obtuvo el de Jalturin, terrorista que en 1880 colocó una bomba en el Palacio de Invierno proponiéndose asesinar a toda la familia imperial, causó una docena de muertos y permaneció impune hasta que, unos años más tarde, asesinó al fiscal general y fue ahorcado. En cuanto a mi calle, antes de la revolución se llamaba, con más propiedad, de los Fusiles. Los nombres no se rinden con facilidad. La mayor parte del tiempo en que su nombre oficial fue de la Paz, guardó en sus entrañas una bomba.

 

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También la ciudad tuvo que cambiar de nombre y hace unos años recuperó su nombre prístino, San Petersburgo. Me cuesta tomarlo en serio. Es que, cuando vivía en la URSS y tenía que rellenar algún formulario, porque en la era soviética se rellenaban formularios para cualquier cosa; yo, por tomarles el pelo a los acorchados funcionarios que iban a leerlo, en el apartado Lugar de nacimiento ponía: Leningrado; al pasar a los apartados de los padres, en el del padre ponía: San Petersburgo y en el de la madre: Petrogrado. Esto último significaba rejuvenecer a mi madre diez años, pero los funcionarios solían y suelen ignorar la historia que no sea la clínica de ellos mismos.

Por cierto, por si lo del apartado de los padres suene raro: en la sociedad sin clases, el pedigrí lo era todo: había que tener padres con nombres y patronímicos rusos (los patronímicos son los nombres de los padres que se acoplan a los de los hijos, y en caso de los padres son importantes, pues son susceptibles a delatar una posible inyección de sangre impura, es decir, judía, o, Dios no lo quiera, alemana o francesa). Además de tener nombres y patronímicos rusos, los padres debían llevar en sus papeles una confirmación de que también étnicamente eran rusos. (Esto se compraba y se falsificaba, y así fue que la mayor parte de judíos soviéticos estaba inscrita como ucranianos.)

Más importante aún que esa certificación cruzada de la pureza de la sangre era la categoría social de los padres. Lo ideal era que fuesen obreros. Según Marx, en la sociedad socialista sólo podía haber dos clases: los obreros y los campesinos. Los demás se incluían en la llamada capa social intermedia que, según Marx, se iba a extinguir y que en la URSS obtuvo como nombre oficial el de empleados. Así que todo aquel que no se dedicaba al trabajo físico llevaba estampada en sus papeles la palabra empleado, y despertaba sospechas.

 

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¿No le cansa leer un libro en el monitor? La mejor postura para leer un libro es tumbado en el sofá con los pies apoyados sobre una pila de cojines.

Será mejor que simplemente eche una ojeada a unos cuantos fragmentos...

 

 

 

 

Mi padre era un simple millonario...

No sé nada de lo que hizo mi padre durante la revolución. Estaba casado con una bailarina del teatro Mariinsky, el principal del país (San Petersburgo era entonces la capital del imperio). La mujer interpretaba bailes de género: orientales, españoles, etcétera. Teníamos un arca llena de sus maquillajes, diademas turcas de pedrería, brazaletes y pulseras de atrezzo, castañuelas de nogal pintadas a mano con figuras de toreros, abanicos con varillas de marfil. Curiosamente, los únicos trajes que se habían conservado intactos eran dos españoles: uno de bolero y otro flamenco adaptado para los ballets clásicos, es decir, sin la cola. Creo que fueron esos trajes prodigiosamente enteros y las castañuelas de nogal con miniaturas de toreros los que acabaron por llevarme primero al departamento de filología románica de la universidad y luego a España.

 

En la universidad tuve dos profesores que habían estado en España con las Brigadas Internacionales. De hecho, la universidad de Leningrado debe su departamento de filología hispánica a la guerra civil española. Hasta 1936, el español no se enseñaba en Rusia en ninguna parte. Las traducciones de Cervantes y de Lope de Vega que existían habían sido hechas del francés, por lo que Cervantes era conocido como Cervant, puesto que así pronunciaría su nombre un francófono.

Mis futuros profesores estaban estudiando filología francesa, cuando desde Moscú llegó la orden de preparar intérpretes de castellano. Dos estudiantes, mis futuros profesores, se apuntaron. Durante seis meses estuvieron aprendiendo la lengua con ayuda de libros de texto franceses. Para afrontar la parte más difícil del aprendizaje de cualquier idioma, la comprensión de la lengua hablada, escuchaban la radio. Pero no la escuchaban con la oreja pegada al altavoz sino desde un cuarto vecino, para que los sonidos no les llegasen con excesiva nitidez.

Uno de ellos, Zajar Plavskin, fue mi profesor tutor, que dirigió mis tesis y tesinas. En clase nos contaba anécdotas jocosas sobre el desembarco de los brigadistas soviéticos en París: todos iban con calcetines y maletas idénticas, exactamente como los macheteros cubanos premiados con un viaje a la URSS con los que me tocó trabajar más tarde. También tenía su colección de chascarrillos sobre el caos y la desorganización de las milicias republicanas. Más tarde, durante la segunda guerra mundial, cuando la División Azul se acercó a la provincia de Leningrado, le infiltraron. Le crearon una identidad de soldado castellano y él tenía que informar sobre los movimientos de las tropas, su armamento y cosas así. Como era judío moreno (fue el único judío tolerado en la universidad de Leningrado) y sabía callar expresivamente, no fue descubierto y cumplió su misión con éxito.

Mi otro profesor brigadista, en cambio, nunca dijo palabra sobre sus experiencias en el frente republicano. Se llamaba Gueorgui Stepánov, era un hombre alto, elegante, distante y misterioso, que nos tenía subyugados a todos durante sus clases de la historia de la lengua española. Las siete partidas de Alfonso Décimo el Sabio se tiñeron para nosotros de sfumati románticos para siempre. También era manco, en el sentido literal de la palabra. Todos los aspectos de la vida personal de Stepánov eran tan celosamente guardados que sólo podíamos sospechar que había perdido la mano izquierda en España.

 

Otro detalle gracioso de la vida en la no tan extinta URSS. En los años sesenta, cuando con Jruschov llegó el famoso «deshielo» de la guerra fría y, tal vez, porque a Moscú y Leningrado empezaron a venir los primeros turistas, el ayuntamiento de Leningrado introdujo un código indumentario para sus habitantes. Fue la medida precursora de la captura de los melenudos, a los que cortaban el pelo allá donde los cogieran, es decir, al pie de la calle; y de la prohibición estricta del pantalón, maquillaje y botas de caña alta para las mujeres en su lugar de trabajo.

A principios de los sesenta se prohibió a las mujeres salir a la calle con los hombros descubiertos. Es decir, con vestidos con tirantes. Se justificó la medida explicando que en una ciudad de la importancia cultural de Leningrado, el decoro era esencial. Resultaba divertido como ilustración del dicho «Dime de qué presumes…» La grosería ubicua, las caras amargadas eran la marca a hierro candente que el régimen estampaba sobre sus súbditos.

Años más tarde lo recordé cuando los tártaros de Ástrajan me tiraron piedras por llevar pantalón. Creo que Rusia ha demostrado ser inmune al islam y seguirá siéndolo porque lo que tiene dentro ya está muy cerca de la religión de la sumisión, incluidas algunas similitudes del rito ortodoxo, como la prohibición de la música instrumental y la exigencia de que las mujeres se cubran la cabeza al entrar en un templo.

 

Una de las extrañas asignaturas que se impartían en mi universidad dentro del programa de la educación sociopolítica fue el ateísmo científico. El aula siempre estaba a tope. El profesor era un rubio pálido, de pelo casi blanco y modales curiles. En vez de convencernos de que la religión era el opio para las masas, como había proclamado Marx, nos fue contando la historia del cristianismo entreverada con curiosas anécdotas que supuestamente ilustraban el oscurantismo de los creyentes, pero en realidad nos revelaban el aspecto más atractivo del cristianismo: los milagros.

 

En el último año de la universidad teníamos una asignatura que coronaba el estrecho surtido de disciplinas sociales con que nos atiborraban desde la primaria: el comunismo científico. Era una maravilla. Conservo incluso el libro de texto, para que me sirva de modelo o de fuente de plagio, por si un día necesito llenar quinientas páginas sin decir nada.

El profesor que nos la impartía era un judío gordo y listo, tan listo que era el único judío de la facultad de filosofía. Sus clases eran inolvidables. El hombre entraba, se acomodaba y empezaba a recitar poesía persa. Lo adorábamos. Esas cosas sólo eran posibles en la universidad de Leningrado. ¿Comunismo científico? ¿Qué tal unas rimas de Omar Jayam?

 

¿Quiere decirnos algo?