Elena Panteleeva

Así se escribe la historia de...

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       Después de casi treinta años de trabajo de «lectura e informe» para editoriales, me gustaría compartir algunas observaciones que, espero, puedan añadir algo a las experiencias de los afortunados que sólo lean «la literatura de calidad».
       Quiero señalar que en mis lecturas de trabajo, prevalece la literatura comercial, lo que no excluye buenas e incluso grandes obras, gracias a lo cual es posible vislumbrar el límite entre los aciertos y las aberraciones de la actualidad literaria.

 

(1) Así se escribe la historia... del arte

 

Un Van Gogh coladito por la prostituta a la que acabará ofreciendo su oreja. Luego se suicidará porque en el nublamiento de sus entendederas no se entera de estar correspondido. ¿Y la pintura? No tiene tiempo para pintar. Algún girasol, tal vez, que no le cuesta nada, entre achuchón y achuchón, porque sólo piensa en una cosa…

       Eduard Manet pintaba menos todavía.

       Un Manet que al empezar la guerra franco alemana casi se queda tras las líneas enemigas porque no para de recordar su gran amor de hace veinte años, durante los veinte años… ¿Y pintar? Qué va. Algún nenúfar, tal vez, uno al año, cuando los recuerdos le dan un respiro… Va, que sean dos, que tienen menos pétalos que los girasoles.

       Y algunos no pintaban nada. O, por lo menos, alguna…

       Sofronisba Anguissola, la única pintora renacentista que llegó a ocupar un lugar destacado en la historia del arte. Felipe II de España la contrató como Maestra Virgen. Pero la pobre había perdido la virginidad en un rápido acoplamiento con un discípulo de Michelangelo al que acababa de conocer y que la desfloró en el taller del mismísimo Maestro, por lo que en todos los años que permaneció en la corte española no tocó los pinceles ya que estaba preocupadísima de que alguien se enterase de que no era virgen.  

       ¿No tocó los pinceles? La colección de El Prado lo desmiente. Pero es lo de menos. Para la autora de la novela de la que acabo de resumir el argumento.

       Van Gogh y Manet son protagonistas de otras dos novelas. Sí, ha nacido un nuevo género literario: los grandes hombres como protagonistas de la novela romántica. Género tradicionalmente muy solicitado en los mercadillos populares, incluso he conocido a un zapatero remendón que tenía un estante de esos libros de bolsillo para prestarlos a las clientes por cinco duros.

       Es un género popular sin duda. Hasta el Corte Inglés tiene una sección dedicada a estas novelas cuyas cubiertas siempre presentan a una pareja unida en un complicado abrazo. Por cierto, ¿han notado ustedes que el hombre siempre va despechugado y nunca tiene pelo en el pecho? Por si la lectora lo compara con su marido y se lleva un disgusto.

       He mencionado tres novelas dedicadas a pintores recién publicadas en países de lengua inglesa. Hay otras. Científicos, filósofos, escritores de siglos pasados que no dan golpe porque beben los vientos por una muchacha que -nunca falla- se propone triunfar en algún oficio tradicionalmente masculino, sabe latín, griego y media docena de lenguas modernas, y simplemente adora los libros. Aunque nunca lee, por la misma razón por la que sus elegidos tampoco escriben.

        ¿He dicho que son una variedad de la novela romántica para señoras románticas? En realidad, son todo lo contrario. El mundo se ha dado la vuelta. En el centro de un novelón está la muchacha o la mujer que queriendo o sin querer encuentra el amor de su vida y ésta, su vida, da la vuelta. En el nuevo género es lo que le ocurre al ilustre protagonista: su vida da la vuelta, y con ella, el mundo.

        En honor a la verdad, tengo que decir que una de estas tres novelas llega a mencionar unos cuantos cuadros del pintor protagonista con suma atención a la cronología. Quizá, no sean las obras más relevantes del período en cuestión, pero su producción, por no decir fabricación, sintoniza con los momentos bajos del idilio amoroso: el pobre hombrecillo no sabía cómo pasar el tiempo hasta la próxima cita.

        Una novela de ciencia. La protagonista es una de las primeras científicas europeas. No doy su nombre porque sería propaganda negativa, ya que el libro está a punto de publicarse en España. La mujer se pasa la vida eligiendo entre dos amigos, ambos ricos y apuestos, se casa con uno, tiene hijos, se casa con otro, tiene más hijos, un malentendido lleva al marido a repudiarla, una retahíla de nuevos disgustos es coronada por la reconciliación. En las cuatrocientas páginas de la novela la gran científica menciona en tres ocasiones el microscopio. Siempre, después de un chasco amoroso, por ejemplo, porque su primer marido es malo en la cama; y siempre, para preguntar si alguien sabe de alguien que le explicase para qué sirve y cómo es. Al final, su deseo está colmado: llega a ver un microscopio… pero en ese justo momento alguien a su lado empieza a hablar de un asunto que puede afectar su matrimonio, y la docta protagonista se olvida del aparatejo.

       Por cierto, también en esta novela, la que, de las cuatro, más se acerca al modelo romántico al uso, los hombres, aunque ricos y guapos, tampoco salen bien parados: uno es un inútil en la cama, el otro un neurótico.

       Otro caso del tratamiento vindicativo de los hombres en libros escritos por mujeres lo encontré en un breve ensayo. La autora fue directo al grano, al segundo aspecto más importante de la vida personal y privada: después del amor, la indumentaria.

       Según la autora, en los albores de la historia, los hombres codiciosos del poderío femenino se apropiaron de sus faldas y nació la vestidura talar. La autora, obviamente, no sabía que el pantalón se inventó en la Edad Media y de que las mujeres del matriarcado no tenían agujas para coser las faldas y lucían la piel del tigre unisex.

       Pero supongamos por un momento que ya el cromagnón gastaba el pantalón (valga el pareado) y al convertirse en homo sapiens se arrogó la vestidura talar.

       Entonces, ¿qué pasó en los años cincuenta del siglo veinte?

       Pasó que apareció el feminismo feroz… y las mujeres se pusieron el pantalón. ¿Para acabar de envilecerse y así dar qué hacer a las feministas? Para darles la oportunidad de rescatarlas y restituir la falda hasta el suelo. (¿Será por esto por lo que no protestan contra la burqa musulmana?)

       Imaginen cómo sería el mundo, si lo que cuentan las autoras citadas fuese cierto: las salas de museos con paredes pintadas de color de rosa (no es una alusión a El Prado) y vacías… no, inexistentes, porque la tecnología del cuchillo de obsidiana no daba para construir pinacotecas… y menos daba de sí el fuego de la hoguera como el último y ya milenario avance. El planeta estaría densísimamente poblado (claro, tantos milenios de arrumacos) y no habría ni una hoja de papel en la que cantar los amores de los genios de la historia…

       En realidad, mirándolo bien, hay que darles la razón: esta última consideración hace su mundo apetecible.


Orientaciones
para el que quiera orientarse:
En las universidades la literatura se enseña mal.
Se enseña a buscar méritos a las obras, y sólo méritos.
Es útil para hacer doctorados sobre algún autor al que nadie ha leído...
y así, crear su propia literatura que nadie leerá.

 
(2) Así se escribe la historia... de las guerras


     Mientras las autoras reinventan la historia del arte, los autores varones se dedican a las guerras.


        No hace mucho las novelas románticas coexistían con la literatura de mercadillo para los más machos: novelas que hacían crónica de puñetazos y disparos sin demasiada historia. Algunas veces los puñetazos eran sustituidos por torpedazos y la acción se trasladaba a algún teatro de hostilidades histórico. Atención: no hablo de buenas novelas bélicas, sino de las que en vez de estrategias y tácticas pintaban el flujo de testosterona.

        Este género ha muerto. En su lugar ha aparecido otro nuevo, en el que los autores varones también hablan de la guerra, pero de otro modo. El protagonista, que casi siempre es el narrador de la historia, se alista, se enamora y nunca tiene tiempo de salir al campo de batalla porque su amada es una chica con problemas, así que le toca buscarla, arrancarle la descripción del problema de turno y tratar de arreglarlo. Por si fuera poco, la muchacha le ponía los cuernos en un arranque de depresión o crueldad, o tenía que socorrer a un hermano de la chica que, ése sí, tontito de él, había participado en un combate y sufría… no, heridas no, pesadillas de haber visto un cadáver.

       Esta nueva modalidad de novela bélico amorosa tuvo un precursor de corta duración.

       Hace unos cuatro o cinco años se produjo una avalancha de novelas ambientadas en una u otra guerra mundial que se centraban en la atmósfera de la angustia general. El protagonista solía ser un espía o alguien empleado en la intendencia, es decir, uno de los que no pisaban los campos de batalla. Se pasaba las doscientas o cuatrocientas páginas deambulando por la ciudad esperando una orden o contraorden del mando superior, y se le partía el corazón al observar la miseria de sus conciudadanos. En el momento álgido de la historia mataba a algún villano… ¿Cogen ustedes el matiz? ¿La transición del puñetazo imparable al disparo certero y único hecho con el corazón encogido? Por cierto, ni el amuermado protagonista, ni su sucesor, el soldado absentista enamorado, nunca ayudan a los civiles que observan y cuya desgracia tanto les duele.

       Reconozco que entre la cincuentena de novelas de angustias bélicas que llegaron de golpe, casi todas juntas, hubo una o dos con voz propia, buenos personajes y, cuando no una buena historia, unas cuantas escenas bien pensadas. Pero sus méritos se perdían en la monotonía osmótica.

       Y tras la preparación del terreno, es decir, cuando hubo consenso entre autores de que una guerra no era más que una vaga turbación de ánimo, llegó la gran revelación: la guerra era triste porque propiciaba amores difíciles. El frente y las batallas no tenían nada que ver, simplemente, las guerras sacaban a flote a las “chicas como tú” que hacían no se sabía qué “en un lugar como éste”. La idea, tibia al principio, culminó con El paciente inglés, que la puso al rojo vivo y enfebreció muchas mentes literarias. Copiar a un herido moribundo habría sido demasiado evidente, así que proliferaron hombres mustios, bastante vagos pero nada maleantes, siempre enamorados y nunca correspondidos. Hijos, repito, de autores varones. ¿Por qué tenían que situarlos en medio de una guerra? Por la misma razón por la que las protagonistas de las novelas de pintores elegían a los más grandes de los artistas: las chicas propensas a tener problemas así tenían más problemas aún y las páginas se llenaban solas.

       Detalle curioso: ni en las novelas bélicas de nuevo cuño, ni en las de los grandes hombres enamorados nunca hay un ápice de sentido del humor, que, dicen, es el único indicio fiable de la inteligencia. A diferencia de las novelas románticas y bélicas tradicionales. Espero que en el próximo siglo... o milenio… se verá si es cierto otro aforismo popular: el que ríe mejor, ríe el último. Y no creo que el soldado enamorado o el espía angustiado rompan a reír un día.


Orientaciones
para el que quiera orientarse:
Prueba sugerida para perder respeto al editor con que trabaja:
pregúntele qué significa abracadabrante.
Si el editor tiene menos de cincuenta años,
existe un 100% de probabilidad de que conteste que jamás ha oído la palabra.
Si tiene más de cincuenta, las probabilidades caen en picado hasta 90%. 


  (3) Así se escribe la historia... cuando no la hay


         Mark Twain decía que, para contar bien una historia, sólo había que seguir tres reglas: empezar por el principio, contar lo que ocurrió después y luego, cómo terminó.

       Claro, la palabra historia es clave en este consejo. Pero, ¿qué se hace cuando no hay ni historia, ni ganas de contar nada, ni, mucho menos, contar bien?

       El lenguaje de programación que se utiliza para crear sistemas expertos, el umbral de la inteligencia artificial, y la propia inteligencia artificial, opera estrictamente con conceptos lógicos, a diferencia de otros lenguajes, donde las matemáticas, más o menos sofisticadas, son la base. Los principiantes empiezan escribiendo programas que buscan solución a problemas de este tipo: Paquito es mecánico, su hermana Luisa tiene veinte años, el vecino de enfrente se llama Juan y colecciona sellos, la mamá de Ana nunca está en casa; ¿quién de los cuatro conduce un BMW? Si el programa está bien escrito, el ordenador proporcionará la respuesta al instante. El cerebro humano, es posible que nunca.

       Una cosa es la inteligencia artificial y otra la inteligencia a secas.

       Últimamente proliferan novelas que emulan la programación lógica, pero en vez de dirigirse a los ordenadores, se dirigen a los meros mortales. Incluso sospecho que sus autores nunca han escrito un programa informático.

       Suelen empezar por una escena que ocurre a la mitad de la historia y de la que suprimen cualquier indicio que permitiera interpretarla. Por ejemplo, dos hombres discuten porque una mujer ha mentido a uno de ellos o a los dos… El autor hace apreciables esfuerzos por no ser claro. Luego resulta que están hablando de dos mujeres diferentes… El lector vuelve a la primera línea e intenta detectar si estaban hablando de dos mujeres diferentes desde el principio… Podría ser, aunque, quizá, la primera impresión era la correcta y estaban hablando de una sola. Luego parece que no discuten, sino que están en perfecto acuerdo sobre la malvada que es esa mujer… o, tal vez, la otra, la segunda. El caso es que los dos son buenos amigos y la mujer, o las mujeres, a quién ha hecho la cusca, fue a un viejo conocido… No, perdón, ahora parece claro: son hermanos y el perjudicado es su padre y la mujer es, o las mujeres son, heroica(s) porque justamente no ha(n) hecho nada aunque pudo (pudieron) hacer mucho daño al abuelo.

       No me refiero a los prólogos ya clásicos, prólogos anticipo, prólogos aperitivo, que describen una situación para despertar en el lector la curiosidad por saber cómo se ha llegado a ella y leer el libro. O que sirven para preparar el ambiente emocional. Es decir, que tienen alguna función. Y sentido.

       El origen de prólogos rompecabezas parece deberse a la influencia del cine, son una clara imitación del trailer, pero ya hablaré en otro Así se escribe la historia sobre la tendencia del libro de convertirse en cine para (autores) pobres.

       El prólogo rompecabezas imita el trailer cinematográfico sin poder ofrecer al lector las caras de George Clooney y Anjelina Joli o impresionarlo con una ramillete de efectos especiales, y sin llegar a incitarlo a seguir descifrando sus brumas sin un ordenador de la NASA a mano.

       En otra novela que leí hace poco, la acción empieza en la cocina, donde la narradora está pelando patatas mientras observa a varios familiares que van entrando. Uno habla de una madre, no se entiende si de la narradora o suya propia. Como da a entender que es alguien próximo a la narradora, nos preguntamos si es su hermano, tío o padre… (nada en el texto nos proporciona una pista sobre su edad y estado general). Luego entra una mujer y menciona a la hermana del que está hablando.

        El contexto no permite deducir si dicha hermana está presente o ausente. Así que el hombre puede ser hermano de la narradora o su tío, su padre o abuelo. La mujer deja caer algo sobre un tío que comparte con el hombre, parece claro que son primos. ¿O hermanos de sangre?... La escena se alarga unas cuatro páginas.

       Ya hemos entrado en el libro, ya hemos leído con suma atención cuatro páginas y el cerebro no se nos vuelto silicona.

       Es un poco frustrante, pero seguimos adelante con gran expectación: ¿a ver, si al terminar el libro sabemos decir «mi casa, mi teléfono»?

        Probablemente, no, porque nos llevaremos otro disgusto desanimador: no tenemos un hijo homosexual ni una hermana lesbiana. Porque en un libro que empieza así siempre habrá un hijo homosexual y una hermana lesbiana, que, a lo mejor, decida ser madre soltera por inseminación artificial y luego se case con su novia, no precisamente por este orden.

       Y ¿cómo se llenan las trescientas o cuatrocientas páginas con esto? Pues con el muermo de los mustios personajes. Cosa curiosa: ni las amantes de los grandes artistas, ni los novios de chicas con problemas en tiempos de guerra, ni la narradora del abracadabra de padres que podrían ser primos o abuelos nunca se desprenden de su baja moral. Siempre están abatidos, alicaídos y deprimidos. Sin duda, porque lo suyo habría sido escribir programas para robots médicos, para torres de control de los aeropuertos, para radares de las carreteras, pero a falta de circuitos impresos necesarios deben conformarse con los impresos a secas.

Orientaciones
para el que quiera orientarse:
Para juzgar una obra preste siempre atención al tamaño y numeración de los capítulos.
Si no tiene números, fue escrita por un(a) ilus(a) que cree que escribe tan bien
que la gente la leerá de un tirón. Estos libros suelen tener muuuuchas páginas.
Si los capítulos tienen de 20 a 30 páginas, es novela romántica (aàñadita)
o concienzudamente histórica (pesadita).
Libros con músculo y cerebro tienen las proporciones sincopadas: predominan
capítulos de 5 a 10 páginas, pero de vez en cuando aparece uno de un párrafo o sólo una línea,
y otro de quince páginas densas.
No se fíe de los de capítulos de dos a tres páginas: se van de la cabeza en menos tiempo que se lea una línea.


(4) Así se escribe la historia... del futuro

 

       Harry Potter ha marcado un antes y después de la literatura juvenil. Antes los autores inventaban para el joven lector crueles mundos futuribles, donde después de un cataclismo provocado por el deterioro del medio ambiente sumado a las guerras y el colapso de la moral pública se instalaba una dictadura asquerosa que marcaba a sus súbditos a hierro o le implantaba el chip totalitario, según el mundo ha salvado alguna estructura informática o no. Y luego, los protagonistas de la historia salían adelante escapando hacia la libertad de pastos abandonados a fuerza de obstinación y buena suerte. Después de Harry Potter la buena suerte se llama magia y se presenta en gran variedad de formas.

       Las novelas juveniles de fantasía, tanto las anteriores a Harry Potter como las que han empezado a llegar después, se caracterizan por una construcción idéntica, la incorporación de la magia o, mejor dicho, la irrupción de Rawling no ha cambiado la manera de pensar de sus autores. Presentan un mundo de complicada estructura, que a menudo necesita neologismos para ser explicada y requiere por parte del joven lector un esfuerzo superior de comprensión y asimilación que una clase de química orgánica. Entre los neologismos, a veces impronunciables, otras difíciles de diferenciar, los nombre propios forman un grupo aparte. A menudo me gustaría preguntar al autor si le gustaría llamarse Szxh o que su novia se llamase Aanoagx.

       Los niños buenos educados a la antigua, en la convicción de que en el aburrimiento se acendra la virtud, cogerán una libreta y el boli y tratarán de asimilar la inútil información. Sé incluso de más de un adulto que todavía cree que no hay libros malos y se traga sin digerir dosis ingentes de disparates nacidos de una mente débil y perezosa.

       Una vez se haya explicado la estructura del futuro mundo y el organigrama de sus despóticos gobernantes, apartados que pueden extenderse hasta la mitad del libro, se pasa a la acción. Siempre consiste en carreras, de una forma u otra. Los buenos protagonistas deben huir de los esbirros de la autoridad. Para esto les toca siempre cruzar estructuras de plástico, si se trata de un futuro con tecnología, o estructuras de plástico desmoronadas, si el autor ha optado por un futuro decadente. La explicación de esas estructuras requiere aún más concentración que la del estado opresor. Aclararse entre sus vigas y trampillas suele ser bastante más duro que, para los protagonistas, cruzarlas.

       En las obras más recientes, a las estructuras de plástico se les suman conjuros y amuletos que se presentan en el momento deseado y efectúan la acción esperada. A diferencia de Harry Potter (¿por qué no aprenderán de buenos ejemplos?), los remedios mágicos son siempre diferentes, como diseñados para la incidencia en cuestión, y siempre aparecen, valga la redundancia, por arte de magia. También parecen desechables, ninguno se utiliza más de una vez. Por algún motivo, los poderosos pero lerdos adversarios del protagonista, aunque tienen a su disposición el arsenal completo de armas mágicas, siempre quedan patidifusos y boquiabiertos ante los empellones del bueno de la historia y nunca hacen uso de sus poderes.

       Se entiende. El autor sabe que los buenos deben ganar y tiene miedo a ponérselo difícil, por si no se le ocurre cómo sacarlos del apuro. Así que será mejor que los malos bufen y hagan jeribeques, pero que no se muevan. El que el lector se disloque la mandíbula bostezando le importa menos. El lector, en el fondo, es otro adversario a que reducir, enmudecer y atontar: ¡con lo mal que está haciéndolo pasar al autor, no se merece nada mejor!

Orientaciones
para el que quiera orientarse:
No se fíe del editor que dice que algún autor escribe mal.
Pregunte a cualquier filólogo rusista sobre Dostoyevsky y lo primero que le dirá es que ¡Escribía muy mal!


(5) Así se escribe la historia... cuando no hay parné para filmarla

 

La influencia del cine sobre la literatura actual es innegable. No sólo es raro el libro que no cite una película o a algún personaje cinematográfico, al igual como los clásicos citaban mitos griegos, sino que ha aparecido una nueva forma narrativa: el autor describe la película que le gustaría filmar. Si tuviera con qué.

        Esta clase de autores, por regla común, no se molesta con inventar una historia. El impacto visual es lo que cuenta. Pueden ser puras reverberaciones de colores, pueden ser efectos especiales, o, Dios no lo quiera, una aparatosa persecución a lo James Bond.

        La oferta incesante de primeras novelas se compone en su mayoría de muestras de estas técnicas. Tienen una cosa en común: son imposibles de leer, pero han visto la luz porque su editor se las da de mecenas o porque el autor le ha regalado una caja de vinos de su propio viñedo californiano.

        Los autores que optan por el cine de grandes coloridos (y al final lo que inventan son espectáculos de luz y color de atracciones turísticas) tienden a describir sus visiones píxel por píxel, así todo parece una pintura pointillista antes que una película. Una vez leí un primer capítulo que se extendía en diez páginas y que iba nombrando colores delimitados por algún contorno geométrico, por ejemplo, un rojo carmesí que desbordaba un triángulo, el brillo dorado de una circunferencia, etc., y que al terminar el capítulo se revelaba como la descripción de un pie femenino en el proceso de tocar el suelo mientras su dueña bajaba de un automóvil.

       Los más pesados son los amantes de efectos especiales. La capacidad expresiva no suele acompañarlos, confunden la calidad con la cantidad y emborronan páginas y páginas tratando de explicar cómo se percibe el sonido de una explosión y cómo se vería el destello de una ametralladora disparada en plena noche en un desierto. Se puede dar por descontado que nunca han estado en un desierto, ni han visto de cerca, no digo ya tenido en sus manos, una ametralladora y las únicas explosiones que han oído fueron de petardos de una fiesta popular. En este punto conviene dar la vuelta a la situación y compadecer no ya al lector, sino al director cuyas películas lo han inspirado: si aquel prodigio de truenos y relámpagos meticulosamente orquestado, filmado y montado, es percibido como el traqueteo de una carroza vieja que salpica de lodo a todos cuantos se le acercan, ¿qué hago yo haciendo cine?, valga la redundancia… en todos los sentidos.

       Esos espontáneos del cine pasan por alto un parámetro de las obras teatrales y cinematográficas: el ritmo. Un peligroso enfrentamiento de dos espías que, visto en la pantalla, deja sin respiración a los espectadores, si se traslada al papel y el escribiente se propone ser preciso, ocupará varias páginas y producirá tantos bostezos que la mandíbula del lector amagará con dislocarse.

       Los efectos especiales ponen bajo amenaza no sólo la integridad física sino también la intelectual del lector. Las descripciones son como esos manuales de electrodomésticos producidos en China: cada palabra despierta dudas. ¿Qué significa que el color azul resbala por la viga de metacrilato? ¿Y qué es, exactamente, el metacrilato?

       Claro, con los efectos especiales ocurre lo mismo que con los momentos álgidos de acción: es imposible convertir unos segundos de pantalla en unos segundos de lectura. La palabra escrita tiene otros recursos para ponerle al lector los pelos de punta en un momento determinado, pero estos recursos nunca son visuales. Aunque pueden ser visibles. En obras de buenos autores lo son.

       Los retratos de los personajes es otro ingrediente novelesco que está siendo estragado por los directores de cine sin presupuesto. Los personajes no se retratan: reciben una ficha técnica. Se indican el color de pelo, estatura, corpulencia, color de ojos, peinado, vestido y calzado. Todo muy visual y perfectamente invisible.

       En tiempos de la crisis económica como la que estamos viviendo, es probable que los directores de cine sin blanca encuentren a su público: espectadores a la cuarta pregunta. Y habrá nacido un nuevo concepto de literatura y lector. Pero no parece inminente. Basta asomarse a cualquier híper para ver montañas de DVDs a un euro y bastante menos libros a este precio, que, encima, en su mayoría son obras clásicas. Es esperanzador: el espectador sin medios irá a películas baratas y el lector, con o sin medios, mantendrá su relación con el libro de siempre.

       Por cierto, los clásicos empleaban el verbo releer mucho más a menudo que leer. ¿Por qué sería?

Orientaciones
para el que quiera orientarse:

¿Cuál es la diferencia entre la novela erótica la pornográfica? Si te abochorna, es pornográfica, si te aburre, erótica.

Hay dos clases de grandes creadores: unos encuentran palabras, melodías o colores que a todo el mundo le parecen las únicas posibles, se convierten en refranes, cantos populares o logos de las multinacionales: ¡Es la palabra justa! ¡No se podría decirlo mejor! Un ejemplo de este tipo de genio es Pushkin en la poesía o Mozart en la música.
Otros nos sorprenden de otro modo. No con la justeza de la palabra u otra herramienta, sino con su novedad: ¡Cómo se le ha ocurrido! ¡Es increíble que con estas palabras/notas/pinceladas consiga turbarnos de este modo! ¿Ejemplos? El Greco, Goya, Haydn, Dostoyevsky.

Continuará...

(6) Así se escribe la historia... que ya no se escribe

(7) Así se escribe la historia... de los tiempos modernos

(8) Así se escribe la historia... de la lechuga

 

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¡Perfeccione su arte!

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