Mientras las grandes ideólogas del feminismo se atareaban en definir y redefinir el feminismo mágico, el feminismo tardío, el feminismo con guante de seda, iba naciendo un nuevo género literario: la novela femenina de consolación.
En los ochenta proliferaron novelas sobre mujeres que se sometían a la extirpación de una o de las dos mamas y su matrimonio entraba en una nueva luna de miel o, aún mejor, el marido las dejaba pero en seguida empezaban a salirles novios de debajo de las piedras y la recién descasada y recién desmamada encontraba al hombre de su vida de liga muy superior a la de su ex, quien, por cierto, de pronto se arrepentía y pedía dejarle volver.
En los noventa el cáncer de mama pasó a ser el destino de la madre de la protagonista: siempre moría de algún cáncer genital. Siempre me ha impresionado con cuánta alegría las autoras matan a la madre... de la protagonista. La narración arrancaba desde la segunda parte de la historia base: el marido dejaba a la protagonista, siempre por una jovencita rubia y descarada; la mujer abandonada lo hablaba con sus amigas; el coro de amigas le manifestaba su pleno apoyo y le llevaba comida a casa, y a la mitad de la novela la protagonista conocía a un hombre, luego, hacia la mitad de la segunda mitad, a otro hombre, de paso se encontraba con su novio de adolescencia, los hombres se encandilaban, trataban de encantar a los hijos de la prota y ésta elegía acertadamente al mejor.
En los noventa aparece así un ingrediente importante: el coro de las amigas. En la década que acaba de finalizar las amigas desplazan a la tradicional protagonista individual. Aparecen novelas, en número creciente (y la tendencia se mantiene hasta ahora), donde las protagonistas son, como mínimo, cuatro. Por lo general, reflejan la tipología sociológica: una felizmente casada, una divorciada, una madre soltera y una soltera sin compromiso. También puede haber una viuda y una de las mujeres tendrá una hija lesbiana. O, si se quiere endulzar la historia, el lugar de la hija lesbiana será ocupado por un hijo gay.
¿El argumento? Sigue siendo el de siempre: al final se casan.
En los últimos dos o tres años el coro de las amigas ha evolucionado hacia un peculiar apartheid feminista. El número de personajes masculinos ha ido decreciendo y ya empiezan a aparecer novelas donde todos los personajes son mujeres. ¿Y cómo se consigue el final feliz? ¿O las mujeres al quedar aisladas de los hombres están privadas también del final feliz ? No, no, qué va. Sigue habiendo un final feliz, estamos hablando de la literatura femenina para un público amplio, las protagonistas dobles, quíntuples o infinitas se casan todas, pero el novio, el hombre de sus respectivas vidas, tiende a no aparecer en las páginas de la novela. Basta con que las amigas de una u otra novia en cuestión lo evalúen y den su beneplácito.
Cuando las mujeres han empezado a desplazar a los personajes masculinos, nació un componente nuevo del dulce género de novela femenina para el gran público femenino: al principio tímidamente, pero ahora ya con fuerza, las masificadas protagonistas femeninas están promulgando la idea de vivir tan alejadas de los hombres como sea posible. Si se apuntan a algún grupo, por ejemplo, para los afectados por una enfermedad, o a Alcohólicos Anónimos, sólo siguen si en el grupo no hay hombres, a veces exigen que se crea un grupo aparte para las mujeres. A la hora de elegir un médico o abogado, eligen a una mujer.
Poco falta para que se nieguen a ser visitadas por un médico hombre. ¿Le recuerda algo? ¿A las mujeres musulmanas, por ejemplo?
Pero la cuestión va más allá de que sólo una mujer pueda extraerle una muela a otra mujer, o sólo una abogada garantice a las mujeres la condena penal de un ex, de un padre o de un jefe. Las mujeres de estas novelas ejemplares están preconizando una comunidad cerrada que empieza a regirse por sus propias leyes y por las leyes que el poder legislativo está dispuesto a crear para ella por complacer al cincuenta por ciento de su electorado.
En España ya ha ocurrido, ya existen leyes y normas sólo para mujeres, que discriminan a los hombres reduciéndolos a la condición de los negros americanos de hace un siglo. No voy a entrar en la discusión de las causas y motivos, de si las mujeres han tirado la toalla y prescinden de competir en el mundo de los hombres y sólo exigen que se les conceda por cuota lo que no consiguen por méritos propios (las que lo exigen).
Sólo quiero señalar que esta comunidad cerrada se acerca mucho al mudo de la mujer musulmana, que mal que bien cumple en apariencia con lo que la tradición manda, pero a solas con sus amigas, madre, tías, abuelas e hijas se relaja y hace y dice lo que el cuerpo le pida.
Tarde o temprano, una comunidad cerrada provoca el cierre de la comunidad adyacente. Es como esa vecina del tercero que a nadie saluda, por lo que nadie la saluda a ella tampoco. Los hombres, despreciados y despreciables, acotarán las posiciones que las mujeres de la cuota no desean, establecerán unos códigos de conducta propios, quizá, vistan chilaba o un pañuelito de cuadros, y se buscarán algo de interés a que dedicarse. Pero eso sí, siempre rindiendo pleitesía a la autoridad que supervise y reglamente la separación de las dos tribus humanas.
Y es que no es tan terrible que las mujeres sigan unas pautas de conducta distintas de las de los hombres, ni que prefieran amigas confidentes a un marido amigo, ni siquiera que la política de las cuotas coloque en el escaparate de la mujer moderna a las analfabetas e ineptas.
Lo malo y triste es que se está creando un código de conducta que someterá a las mujeres con el rigor de la fe verdadera. Y si sólo fueran las mujeres una se cambiaba de sexo y quedaba tan estupenda.
Se está creando la obediencia.
Una nota al margen. No hace mucho, por causa de una incidencia, durante un mes tuve que ir a un pueblo a 30 km de Barcelona en transporte público, dos veces por semana. Mi salida de Barcelona coincidía con la salida de algún instituto y el autobús se llenaba de adolescentes. Y cada vez pude observar un detalle curioso: todas las chicas hablaban entre sí catalán, todos los chicos hablaban castellano. Los chicos que se dirigían a las chicas en actitud galante pasaban al catalán. Cuando los chicos y las chicas hablaban de algo que organizaban los chicos, las chicas, a su vez, adoptaban el castellano. Adivinen la adivinanza: ¿quién es más obediente en Cataluña? ¿Los chicos? ¿Las chicas?
¿No les recuerda esto algo? Los hombres por un lado, las mujeres por otro... A mí me recuerda. Dos cosas, que no son tan distintas, si bien se piensa. Los bailes de los aldeanos. La cortina verde que divide las mezquitas en dos partes.
Por cierto, últimamente he podido observar la misma división en algunas grandes empresas: la mayoría de los hombres habla entre sí en castellano, las mujeres, más que la mayoría -casi todas- en catalán.
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