En los años de posguerra masas de jovencitos sin especial vocación de estudio descubrieron que el título universitario lucía mucho y el de ingeniero de puentes y caminos, además, aportaba un empleo seguro -era el título del Desarrollo- y admiración. Unos veinte años más tarde, otros jóvenes (curiosamente, casi ninguno, hijo de un ingeniero de puentes y caminos), descubrieron un título más limpio, o al menos, más higiénico, y aún más admirado: el médico. Pero había que estudiar demasiados años, los puestos de trabajo no eran tantos, y el empleo comodín, el de médico de seguridad social, se retribuía con un sueldo de miseria. A la tercera va la vencida, y nuevas generaciones de jóvenes sin especial vocación por el estudio (curiosamente, casi ninguno, hijo de un médico o nieto de un ingeniero de caminos), descubrieron el ansiado título de ábrete sésamo y que, a la vez, teleportaba a la jauja: el título de abogado. Las circunstancias colaboraron: ya para ninguna carrera había que estudiar demasiado y la era de la informática aseguraba que el esfuerzo mínimo fuese también el más limpio, sin siquiera manchas de tinta.
Todos sabemos que la universidad española está venida a menos, que los doctorandos de ahora no superarían ni el bachillerato de hace treinta años, pero no deja de estremecer encontrarlos en la vida real, sobre todo, cuando su oficio es el derecho, que han de ejercer en un estado que nos gustaría que fuese de derecho.
Mi anecdotario particular del siglo de la chapuza cuenta con dos anécdotas protagonizadas por jóvenes representantes del que había sido un noble oficio: una juez y una abogada.
Hace unos años vivía en un ático de un inmueble en forma de herradura, donde las ventanas de los vecinos de rellano daban al mismo patio y estaban contrapuestas. Es decir, un vecino podía ver las ventanas del otro vecino del mismo piso, aunque sin asomarse no podía ver las de otros pisos. Mis vecinos de rellano tenían una hija que llevaba dos o tres años preparando y fallando las oposiciones para juez. Los padres de la opositora se iban a menudo a un apartamento de la playa dejando a la hija sola. A poco de instalarme en el piso, una noche oí extraños gritos en el patio. Corrí sin preocuparme de encender la luz, por la prisa, hacia la ventana del patio y vi la ventana de enfrente medio abierta, también a oscuras, y una sombra detrás. Un minuto más tarde, la sombra se acercó a la rendija de la ventana, expulsó unas palabrotas y se retiró de prisa.
Permanecí inmóvil, por una mezcla de fascinación y asco. Tras un rato de silencio, la sombra volvió a arrimarse a la ventana y soltó unas obscenidades más. No esperé a la tercera vez, que sí hubo, y me alejé. En los dos o tres años siguientes pude establecer que cada vez que los padres de la opositora a juez se iban a su apartamento de la playa, la futura magistrada, antes de acostarse, se entretenía gritando obscenidades por la ventana. Luego la chica ganó las oposiciones y se marchó. A repartir justicia. Espero que no me toque nunca si un día tengo un pleito.
La otra jurista joven me alquiló una casa. Había acabado carrera y estaba haciendo un master. Negociamos el contrato principalmente por e-mail. El primer e-mail trajo la primera sorpresa. En las seis líneas de texto había cuatro faltas de ortografía. El segundo trajo la segunda sorpresa: resultaba que el e-mail anterior estaba minuciosamente redactado, porque a partir del segundo no merecía la pena contar las faltas, bastaría con contar las palabras. Me imaginé que, si cometiese la ingenuidad de mencionarle las faltas, me habría señalado que era catalana. Todos los catalanes que no saben leer dicen esto. (Y me pregunto ¿qué dicen ellos de los catalanes que sí saben? ¿Que son malos catalanes? ¿O no se dan cuenta de que existe esta clase de gente? Me malicio que es cierto lo último: los analfabetos viven inmersos en un caldo de cultivo: otros analfabetos... Hay que mencionar que las faltas de ortografía más notorias de mi casera afectaban las palabras que no se parecían a las catalanas, como el pretérito perfecto de estar: no escribía estuve con uve ni por despiste. La frecuencia del uso de este verbo en castellano lleva a la conclusión de que la chica no habrá leído un libro en castellano en su vida. Claro, ¿para qué iba a enturbiar el caldo de cultivo?...)
Hice el traslado y tuve que volver a encararme con la abogada en agraz. La casa tenía muchos más problemas de los que me había advertido. De hecho, sólo me había hablado de un problema tan liviano como un mueble roto. La casa estaba tan ruinosa que yo, antes de indignarme, me asombraba: jamás había pensado que alguien fuese a alquilar una vivienda en estas condiciones. El problema más gordo era el frío. Estábamos en diciembre y no había forma de calentarla.
Resulta que en el centro de la casa había una ventana rota. No un poco rota, que cerrase mal o tuviese una rendija entre el marco y el cristal. No. Le faltaba la mitad de los cristales. La solución que me ofreció la propietaria fue brillante: ¿quieres que te traiga una estufa más?, me dijo. Quise decirle que sí, y que la pusiera en el patio, a ver, si así ayudamos al calentamiento global, que no acaba de arrancar, pero me abstuve. Pasamos a otros problemas. Allí la dialéctica de la joven letrada me hizo enmudecer. El diálogo fue modelo frutería: estas patatas tienen gusanos, decía yo. Algún gusano hay, pero son muy dulces, me contestaba la verdulera. Son viejas y tienen el precio de nuevas, decía yo. Son muy dulces, ya lo verá cuando las guise, era la respuesta. Además, la mitad están podridas, señalaba yo. Eso no es nada, cuando las pruebe, verá qué dulces son, ¡es que le he dicho desde el principio que son dulces!, perdía la paciencia la legu perdón, la verdulera. Estuve a punto de explicarle el concepto de la decencia, pero me calle. Presentí que me diría que la decencia se comía con patatas dulces.
Me gustaría asistir a un juicio donde la vecina que por las noches vociferaba obscenidades presidiese el tribunal y la casera que quería calentar el mundo con una estufa representase al acusado. ¿Cómo creen, quién acabaría dando con sus huesos en la cárcel? ¿El acusado o el demandante? ¿O el jurado en pleno?
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