E. Panteleeva
Ana entró en el cuarto de su hijo. La
mesa de Cham
¿qué nombre era ése? Pero al niño le gustaba que le llamasen así.
No: el niño exigía que le llamasen así. Algo que ver con el fútbol, o ni siquiera con
el fútbol sino con algún reportaje a algún futbolista que el niño había visto por
televisión.
La mesa de Cham estaba colocada junto a
la ventana, pero Ana nunca lo había visto mirar por la ventana. Aunque el niño
Cham
siempre estaba sentado allí. Eso es, cuando no estaba viendo televisión. La
televisión sí, el jardín al otro lado de la ventana no. Y esa cosa que tenía encima de
la mesa, esa pantalla. Todo tenía que ser pantallas.
Ana no lo comprendía. En sus años de
colegiala, los niños competían por hacerse notar. Unos eran los mejores en el gimnasio,
otros se sabían toda la física, algunos más presumían de faltar a más clases que
nadie, otros más confeccionaban sofisticadas chuletas para los exámenes, había quienes
siempre lucían el último modelo de Nikes. Unos cuantos seguían la tradición familiar e
imitaban al padre describiendo a peces gigantes que habían pescado o a la madre
presumiendo de haberse cruzado con George Clooney en la entrada de un museo. Pero los
chicos de la tradición familiar no tenían tanto éxito como los que podían exhibir las
pruebas de su superioridad.
Por eso Ana no comprendía a Cham. ¿De
qué le servía matar a tantos marcianitos
o lo que fuera lo que mataba, cazaba o
despistaba? ¿Se lo contaba luego a sus amiguitos como aquellos padres de antes, que
presumían de pescar truchas de cinco kilos de peso? O
¿los niños de ahora ya no
querían ser mejores en nada? ¿Lo de destacar ya no se llevaba?
Se decía que cada nueva generación
retornaba a la de sus abuelos. Los padres de Ana, desde luego, creían en la humildad y
unas cuantas tonterías más porque en sus tiempos se llevaba eso de la buena educación.
Pero
o sin pero, por eso mismo, estaban preocupados porque los demás viesen que
eran, si no los mejores, buenos para algo. O, como mínimo, bien educados.
A Cham, en cambio, los demás no
parecían importarle. Y no sólo a Cham. Por lo que decían otras madres con las que se
cruzaba en el patio del colegio cuando iba a buscar a Cham, también sus hijos preferían
estar horas con algún videojuego a preparar una asignatura favorita o salir a jugar al
fútbol o siquiera escabullirse por las calles.
¿Quién sabía de sus proezas? ¿Quién
se enteraba de su habilidad?
En los últimos días la conducta de Cham
había empezado a alarmarla. Parecía pasar aún más tiempo que antes jugando a esos
juegos solitarios. Anoche ni siquiera bajó a ver la televisión. Se había perdido un
episodio de su serie favorita.
Ana se acercó a su hijo. El niño estaba
murmurando algo. En voz muy baja, muy, muy baja.
El murmullo de Cham era apenas audible.
Hipnótico. No se podía distinguir las palabras. Ana tendió una mano y se detuvo en
seco: la voz del niño se estaba elevando. ¿Qué estaba diciendo?
¿Solo
Solo
Estoy
solo
Solo
¡¡¡Estoy solo!!!
El grito sobresaltó a Ana. Se inclinó hacia Cham, quizá, para protegerlo de aquello que lo hizo gritar. Pero en el mismo instante el significado de sus palabras alcanzó su cerebro y frenó su movimiento. ¿Solo? ¿Por qué decía que estaba solo? El grito no fue una queja. Tenía algo dramático No, tampoco era eso. Fue un grito de del héroe que salva una vida. Del corredor de fondo que llega el primero a la meta. Del científico que consigue probar su teoría
De los niños de cuando la propia Ana era una niña, cuando lograban hacer algo que llevaba hacia ellos las miradas de los demás niños. Unas miradas llenas de envidia y admiración.
Era un grito de triunfo.
Ana retrocedió y sólo entonces, sólo
entonces se dio cuenta de algo aún más alarmante que el chillido de su hijo.
La pantalla de la consola de juegos
delante de Cham estaba apagada.
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